Carta abierta a Max Payne

Queridísimo Max:

Te escribo estas líneas como agradecimiento después de haber terminado este breve pero intenso idilio que hemos tenido. Aunque me lo pones muy fácil para que nos sigamos viendo y continuemos ad infinitum nuestra relación, yo no soy de esas que se agarran a un multijugador cualquiera para intentar alargar algo que ya está acabado. Lo que más me importa es la historia, y nuestro affaire ha durado mientras tenías algo que contarme, mientras teníamos un camino en común que recorrer. Y vaya historia, querido amigo…

Lo sé, he sido una zorra inconstante. Nos hemos visto cuando me lo ha permitido el trabajo, AlfaBetaJuega, el blog, mis obligaciones maritales y, he de reconocerlo, un par de conciertos que tenía por ahí y por los que te he dejado tirado en medio de alguna situación comprometida en una favela de mala muerte. Tienes que comprender que, como antigua adolescente grunge, yo por Soundgarden (además de contigo, querido mío) M-A-T-O. Pero cuando nos hemos encontrado ha sido rápido, atropellado y sucio. Satisfacción inmediata pero de calidad. Y sin tener que recurrir al sigilo, ese subterfugio de los cobardes. A tiro limpio como en una buena película de John McTiernan y con la espectacularidad de una de Michael Bay.

Si algo he llevado mal, Max, ha sido tener que compartirte con mi marido. Porque es muy cierto que tres son multitud, y en esta casa tan pequeña es complicado no ver lo que anda haciendo el otro. Enterarme por él de cosas que tú y yo íbamos a vivir después y observaros a los dos juntos disfrutando como enanos desde el otro lado del sofá ha sido una tortura.

¿Qué pueden haber sido, 10 horas, media arriba, media abajo, lo que ha durado lo nuestro? Y en ese tiempo has sido el perfecto guía por São Paulo, esa ciudad en la que el peligro acecha en cada esquina, da igual que sea una discoteca llena de VIPS o un burdel de una favela, pero en la que cualquiera puede volver a empezar. Incluso tú, un ex-policía acabado, alcohólico y con tendencia a tragarse todo lo que haya en su botiquín. Lástima que el ya de por sí complicado trabajo de guardaespaldas se convierta en una guerra continua en ese Bagdag con tangas, como tú muy bien llamas a la megalópolis brasileña. Afortunadamente, al igual que Lobezno, eres el mejor en lo que haces, aunque lo que hagas no sea muy agradable…

Soy una frívola, lo sé: no puedo negar que, aparte de esa actitud de antihéroe de cine negro que, monólogo interior y flashbacks mediante, se arrastra a través de su desdichado pasado en Nueva York hasta un futuro que no tiene mucha mejor pinta por las calles de São Paulo, también me he fijado en tu aspecto. En esta tercera parte te has convertido en una ajada versión (pero con mucho rollo, no te vayas a ofender), de Jon Hamm, que con el cambio de disco deriva en un enloquecido Bruce Willis de rapada cabeza y discretísima (bueno, no) camisa hawaiana. Encantador.

¿Y qué puedo decir de la música que has escogido, queridísimo Max? Encargarle a los californianos HEALTH la ambientación ha sido todo un detalle… Nadie mejor que los apabullantes angelinos para acompañar tus aventuras y desventuras con el extraño y ruidoso caos orquestado que son sus composiciones. Los que hayan disfrutado/sufrido alguno de sus conciertos, sabrán a qué me refiero.

Gracias de nuevo, querido Max. Ha sido un verdadero placer volver a encontrarnos después de tanto tiempo.

Besos d’esos,

Diana

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